Un vestido blanco o un traje de marinero, zapatos nuevos que aprietan, la tía abuela que vino desde el pueblo y un niño de ocho años que no para quieto en el tercer banco: la primera comunión se parece mucho de una parroquia a otra. Para anunciarla en el grupo de la familia haría falta un emoji de primera comunión, y no existe. Nos apañamos con 🙏, 🍞 y 👼, que es tierno pero algo impreciso.
Durante siglos, lo habitual era esperar a tener bastante más de diez años. En 1910 san Pío X pidió que se admitiera a los niños desde «el uso de razón», hacia los siete años, y por eso se le recuerda como el papa de la Eucaristía. Detrás de la fiesta hay meses de catequesis, preguntas inesperadas («¿Jesús también tiene hambre?») y un instante muy sencillo en el que un niño extiende las manos para recibir el Cuerpo de Cristo.
Ese emoji está por dibujar. Unas manos pequeñas abiertas bajo la hostia, una túnica blanca con su cruz de madera, el recordatorio con lazo que se reparte a la salida: mándanos tu versión, a poder ser reconocible por una madrina que se dejó las gafas en casa.
Amen
!por AI Generator
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